La sombra del no nacido y el hada triste
La sombra del no nacido y el hada triste 2
Los Opacos
La sombra del no nacido y el hada triste
El hada agradeció la reunión y escuchó con vaga atención las palabras de ánimo de las sombras recién llegadas, sin apenas levantar la cabeza. Su tristeza hacía que sintiera todo el peso del remordimiento por haber sacrificado a su más fiel colaborador: su sombra.
En su mente solo se repetía el malestar de haber aceptado el trato. Aunque con ello pudiera regalar todas las sombras de los días, siempre faltaría aquella que lo dio todo por ello.
Entre todas las sombras, había una que era difusa, no concreta, pequeña y con voz débil, dulce e infantil. Era tan diminuta que, al acercarse, el hada podía verla al completo sin tener que levantar la mirada.
La pequeña sombra le habló:
—Hada... Sé cómo puedes recuperar a tu fiel sombra sin que las demás desaparezcan.
—¿Cómo? —preguntó el hada, sin un átomo de ánimo.
—Ve al dragón, y cuando duerma, cámbiala por mí.
—Cariño —respondió el hada con ternura—, no puedo hacer eso. La pena que tengo solo cambiaría de forma: tú quedarías sin sombra, y yo, con el egoísmo de aceptarlo, sufriría aún más.
—No, no, no me entiendes, hada. Tú tendrías tu sombra... y yo no sufriría. Aún no sé sufrir.
El hada quedó perpleja e incrédula. Aun así, preguntó:
—¿Cómo así, pequeña y deliciosa criatura?
Por primera vez desde los acontecimientos, pudo esbozar una mueca que parecía una sonrisa... aunque triste.
—Yo soy la sombra del no nacido —dijo la sombra—, y como no he nacido, no sé lo que es sufrir.
—Pero, cariño... —Era tal el amor que desprendía la débil sombra, que el hada la rodeó con sus brazos amorosos mientras decía—: Pero cuando tú nazcas, vivirás la pena que yo tengo por no tener sombra.
—A ver, mi querida hada... ¿Tú no regalaste las sombras de todos los seres?
—Sí... por eso ahora no tengo derecho a dejarte a ti sin ella. Serías un niño triste y sin sombra.
—No, mi querida hada, no es así. Tú aún no me das nada, porque no existo. No tengo sombra.
Y cuando llegue el momento de nacer, mi sombra —en penumbra— será completa y aparecerá en mí. El dragón no podrá hacer nada, porque ahora solo soy un espejismo.
El hada quedó en silencio. Por un instante, no supo qué decir. Poco a poco, llevó ambas manos a la cabeza, mientras su cuerpo recuperaba flexibilidad. Su mirada, antes perdida, se dirigió a su alrededor, como buscando un punto de concentración suspendida por la melancolía milenaria. Casi balbuceando, comenzó a decir:
—Dios mío... Una vez más, la inocencia es más sabia que la sabiduría.
Las sombras reunidas, al comprender que había pasado el tiempo de la melancolía, comenzaron a bailar y a dar saltos de gozo.
El viaje a los confines del dragón se realizó casi al instante. No tendrían que pasar las penurias de antaño. El hada era ahora poseedora de la poderosa magia de la Piedra de Cristal, que le permitió ir y regresar al lago con solo el instante del pensar.
Se cuenta que, un día, en un lugar muy lejano de la fantasía, nació un niño...
Y que, nada más nacer, a su sombra... sonreía.
La sombra del no nacido y el hada triste II
Los Opacos
—Si la entrada está en el centro, por la parte no visual, su acceso has de buscar en el círculo —dijo el niño, señalando con cuidado.
—Muy agudo, querido niño. Hasta ahora todos miraban por dónde abrir la roca…
¿Cómo pondrías en práctica tu teoría?
—Muy fácil. ¿Ves que en el centro de la roca hay un pequeño saliente?
—Por supuesto que lo veo.
—Pues bien, ahí ataremos una cuerda. Así podremos buscar en derredor. Y si no encontramos el acceso, ampliaremos un metro más… y así sucesivamente.
—Abuelo… ¿por qué es tan importante conocer qué hay en el interior de la roca?
—Hace mucho, mucho tiempo que se supo lo que ahora apenas se recuerda.
Y para remediar las hecatombes que sucedieron, y que no deben volver a suceder, dentro de esa roca están las preguntas y las respuestas necesarias… para encontrar al líder de los Opacos.
—¿Quiénes son los Opacos?
—Aún no existen… Mejor dicho, aún no saben que existen.
Y me temo, querido niño, que tú eres uno de ellos.
Y si es así… no serás uno más.
No, querido niño… me temo que tú no eres tan solo uno más.
—¿Tienes remordimientos? Pues en eso no hay que perder el tiempo.
¿Tienes melancolía? Olvídala, y recuerda lo bueno de otro día.
¿Tu mente te genera sufrimiento? Qué tontería perder en eso el tiempo.
¿Al respirar te falta el aliento?
—¡Ya lo sé, abuelo! —respondió el niño—. Aquellos fueron buenos tiempos…
—Toma.
La piedra es tuya.
Tú serás el líder de los Opacos.
—¡¿Abuelo?! ¿Cómo voy a ser yo líder de nada, si nunca hice otra cosa que jugar?
—Sí, lo sé.
Y más aún: sé que tus compañeros de juegos eran los animales… y, principalmente, tu sombra.
—¿Y cómo sabes tú eso, abuelo?


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