Almas gemelas
Existe mucha polémica acerca de lo que realmente significa la expresión almas gemelas.
La creencia más extendida es la de la “media naranja”, que, si bien generaliza la idea de forma accesible, no alcanza a profundizar en su verdadera esencia.
Según un antiguo filósofo griego, los seres primordiales eran hermafroditas.
Para debilitar su enorme poder, los dioses los dividieron en dos entidades, originando así los sexos separados. Si observamos la naturaleza, tal vez esta explicación mítica no esté tan alejada de la verdad.
Desde esa perspectiva, el impulso erótico nace de la nostalgia: la añoranza por esa otra mitad escindida de uno mismo.
El amor, eternamente buscado, podría definirse como la fuerza de atracción que impulsa a esas dos almas —que alguna vez fueron una— a reencontrarse y fundirse nuevamente en un único ser.
Aunque nacemos en cuerpos distintos, la unión de esas almas no se rompe jamás.
A lo largo de muchas reencarnaciones, se buscan y se encuentran, cada vez en un escenario diferente, compartiendo vidas paralelas.
Las almas gemelas comparten intereses profundos; su atracción va más allá de lo físico o sexual.
Cuando hay ternura, esta habita sus gestos, sus silencios, sus miradas.
Se complementan en todos los sentidos, y quienes viven ese lazo lo hacen como en una especie de nube, en armonía, como en un unísono.
De hecho, el encuentro suele suceder mucho antes de que se produzca el reconocimiento consciente.
Es común haber vivido ya esa experiencia sin saberlo —lo digo con certeza—, pues la afinidad es tan sutil que el ego puede no percibir la presencia de esa otra parte de nuestro ser.
Y cuando has tenido tal prodigio sin haberlo sabido o sin haberlo cuidado, tu vida adquiere sentidos dispares, fragmentados por la nostalgia de aquello que quizás ya no pueda ser.
Entonces el alma, rota, continúa buscando.

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